miércoles, abril 11, 2012

La Rubia, el Viejo y Yo

Estaba en una de las dos cintas del gimnasio sudando como un camello en sesión de drenaje linfático, cuando una rubia se puso a caminar a mi lado. A caminar, literalmente. La velocidad elegida era hasta emocionante. Nunca creí que un humano pudiera llegar a ejercitarse de forma tan pajera.

Unos cuarenta años tenía la rubia, pelo muuuuuy largo y liso colgando sobre el hombro derecho. Le tapaba una teta y llegaba hasta la pelvis. Cuando la vi entrar noté que estaba con un señor mayor. Pero, mayor, mayor. Una onda a Richard Gere licuado con un abuelo estándar y un Papá Noel de shopping. Un caballero de chomba y shortcito que apuesto sin una duda que cargaba con unas 7 décadas encima, como mínimo. 

Mientras yo tenía hasta el último pelo del flequillo pegado a la frente por la transpiración, la rubia paseaba sobre la cinta a mi izquierda cual reina del otoño y, mientras tanto, le mandaba piquitos al señor mayor que hacía bici justo frente a nosotras. Lo bueno de los espejos de gimnasio es que te dejan ver cuán ridícula imagen estás proyectando al mundo exterior mientras hacés tu rutina. Lo malo es que también te obligan a ver a tus compañeros de lado.

Vi a la rubia tirar piquitos a su señor mayor, chuparse el labio para él, mimarse el pelo y, claro que sí, saludarlo tímidamente desde la cinta moviendo la manito en un plano bajo, pegada a la pierna, sabiendo que es una estupidez, pero que el amor no te ayuda a evitar caer en hacerlo.

Cuando creí que la ñoñez había vencido sobre la vergüenza ajena, el señor mayor se bajó de la bici, fue a comprarle un agua a la rubia, se la trajo a la cinta y chaparon mientras ella todavía caminaba con una actitud entre cámara lenta y gatuna, digna de quien solo se puso la ropa de gimnasia para calentar al viejo a ver si de casualidad las zapatillas plateadas le despertaban algún fetiche. Vi todo. A través del espejo.

Fue entonces cuando la pesadilla me arañó la frente. Vi al señor mayor decirle algo al oído, la vi a ella mirarme mientras yo seguía sudando con cara de “odio estar en tu película, rubia”, los vi reírse. Él volvió a la bici y ella me hizo una consulta: “¿No es divino?”. Pff. La verdad que no. Pero responderle eso sería complicado de soportar por una ñoña. “Te cuida mucho, como corresponde”, dije, con la esperanza de que ese fuera el final de la charla… pero no.

“Es terrible, encima”, siguió ella: “Recién me vino a decir que estaba viéndome en la cinta y no pudo evitar verte también a vos y que se le despertara esa fantasía de la rubia y la morocha”. Me sentí morir por dentro. No solo porque un abuelo quisiera entrarme, sino porque sé profundamente que desde este momento y hasta que muera el viejo, me habré convertido en material masturbatorio de la tercera edad.

La rubia no paraba de reírse, y yo… yo quería pararme sobre un tubito verde de los de Mario Bross, apretar la flecha que va para abajo y aparecer en otro mundo lleno de monedas y dispersión. El viejo nos miraba con ojos de “aguante este zoológico”, yo me sentía como una pobre foca corrida por dos tiburones blancos. “Ah, bueno”, atiné finalmente a decirle: “Tenés suerte que en este gimnasio hay muchas morochas”.  

Ella siguió en su cinta, yo escapé sin delicadeza y pasé al escalador, rezando porque por fin alguien alguna vez invente el cosito de Men in Black que con dos luces frente a los ojos te borra los recuerdos de mierda. Si lo ven antes que yo, avisen.

miércoles, marzo 14, 2012

Recién ahí

No acepto no poder, 
ni que hay quien pudiendo, no quiere.
No creo en la igualdad de los días,
Ni que la vida va tan rápido que no nos damos cuenta.

Nunca me dijeron que no podía, 
pero siempre recomendaron que no llegara tarde: 
Que nunca sabía cuántos más podían igual que yo,
pero unos segundos antes.

No acepto no recordar mis sueños
ni por qué elijo pararme donde me paro.
Si hasta acá llego es porque hasta acá intento
Y si quiero más lejos, caminaré más tiempo.

O remaré.
O me arrastraré hasta que de las rodillas me nazcan anclas,
y ahí,
recién ahí,
me quedaré donde pude.

miércoles, febrero 08, 2012

Todas Putas

Columna publicada en la edición de enero de Revista Mavirock


La mayor de mis hermanas menores tiene ahora 11 años. Hace dos, en un cumple feliz, una pelota con la que estaba jugando se le queda trabada en una esquina del techo del salón de fiestas. Automáticamente me acerqué, intenté bajarla de un salto, pero no llegué. Entonces le dije: “Linda, ¿te hago upa así la bajás vos?”, y antes que llegara a agarrarla de la cintura para elevarla hasta buscar el juguete, la pendeja me miró con ojos venenosos y dijo: “No, Mel, estoy esperando que venga a hacerme upa el animador”, un pendejo de unos 18 años, ojos celestes, vestido con una chomba de Mickey y aureolas de transpiración marcadas bajo la axila. En ese momento la imaginé tirando piolas a los 12 y, para mí, fue el fin de la inocencia.


Mi primera depilación fue a los doce, obligada, porque tenía un acto escolar al aire libre, quería ponerme bermudas y mi vieja me dijo “¿Melisa vos pensás ir a desfilar esos cardos?”. Me presentó a una maquinita de afeitar y arranqué con media pierna, dos tajos y pelos de la rodilla para arriba. Es que era muy complicado sacar todo el acumulado de miles de meses. Tenía los cuádriceps aptos para ser trenzados, pero realmente no me importaba… la chance de que alguien se acercara a acariciarme la gamba era menos factible que aprender a tejer usando fideos de arroz.

De pendeja me tocaba frotándome con una almohada. Era todo un evento. Primero me apretaba velozmente y con dedicación un buen rato y, para terminar, al no conocer aún el orgasmo, el fin del acto correspondía meramente a la agitación y la taquicardia. En ese instante final varios pares de medias y un peluche eran ubicados bajo mi remera pijama y simulaba un embarazo posterior al acto masturbatorio. Hoy solo puedo confirmar que he crecido porque mi única constancia es para con la toma de pastillas anticonceptivas. Hasta me toco con guantes para evitar que se inspire cualquier Espíritu Santo.

Mi primer beso fue a los 15 y mi primer polvo a los 18, en un jeep naranja, al costado de una plaza. El segundo en un polo blanco y con otra persona. Quizás era una señal para dedicarme al automovilismo, pero igual me hice periodista. Y lo primero que investigué fue la prostitución en el barrio de Flores y Floresta. Para ese entonces, como mucho, tenía en mi haber unos 4 revolcones con desconocidos (y contando los 2 anteriores).

Hoy, las pendejas vienen putas desde antes. Algunos le echan la culpa a la tele, otros a la ropa, otros le echan uno, dos, los que pueden y después van presos. O no. Las minas de 25 ya no competimos entre pares, la que trata de cagarnos un novio es una putilla de 16. Porque tampoco tienen códigos, mucha solidez, mucha tirapete precoz, pero hay que pegarles un sopapo en la mano cuando te quieren robar el plato de comida que tanto venís remando para mantener caliente.

Es una realidad y reitero: Las nenas vienen putas. Entonces, si usté tiene una hija, una sobrina, una sub 12 a la que aprecia, foméntele el lesbianismo y evite riesgos. Enséñele los beneficios del mejor método anti embarazo del mundo: no coger y, sobre todo, enciérrela sin Internet, solo vístala con joggings y remerones y, ante cualquier duda, use la frase “los pitos te harán llorar”. No piense solo en su bien, ni en el de ella. Piense en todas nosotras.

jueves, octubre 20, 2011

Solidificación o Muerte

Las luces dicroicas son unas hijas de puta, pero gracias a ellas noté que la flacidez estaba colonizando mis piernas con la velocidad en la que un velociraptor alcanza y destruye un trencito de tíos borrachos comandados por un Nono en un cumpleaños de quince. Si a eso le sumamos vacaciones en Brasil en temporada de Carnaval con novio y amigos de novio, la conclusión es clara: O solidificación o muerte.

Entré a Google y escribí “Gimnasio + Olivos”, se abrió una especie de mapita con varios puntos marcados y, oh fortuna, uno de esos puntitos estaba a tan solo ocho cuadras de mi departamento. Más fácil que eso fue comprar una bici fija que usé seis veces en un año. Decidido, empiezo. Una estadística personal indica que si me determino a arrancar algo un lunes, el margen de abandono antes de llevar a cabo la acción es de un 98%, por eso mismo decidí empezar el jueves siguiente.

Salí del trabajo, pasé por casa, cargué una botellita de Sprite con agua de la canilla del baño y elegí mi vestimenta. Tengo tetas y no corpiño deportivo. Arranqué entonces por los pies, para no complejizarme de entrada: zapatillas regaladas por mi abuelo, blancas y dos números más grandes. Pero no hablamos de un 38 calzando 36, hablamos de un 42 calzando 40. Enormes, cada una podría servir de casa quinta para una familia de hombres papa. Soquetes y calzas negras, una camperita tapando la desgracia de esa tela elástica pedorra encastrada entre mis carnes anales y, ahora sí, a vestir el torso.

Me puse el corpiño que más chico me quedaba, cosa de no andar revoleando los pechos por el mundo. Arriba un top, el único que tengo, a rayas blanco y negro. Más arriba una musculosa color azul eléctrico, apretada, como segunda contención en caso que el top no tolerara tanta presión. Y, como última capa, una musculosa de Topper heredada de cuando mi papá jugaba al tennis hace unos 15 años. Cabe recordar que no tengo espejo, y que cuando salí a la calle y vi mi primer reflejo en una vidriera quise esconderme debajo de un puesto de tortas fritas que estaba levantando su toldito justo en el instante que pasaba.

No importa, seguí adelante, total ocho cuadras de ridículo no se le niegan a ningún espectador. Me había enganchado el MP3 en una tira elástica en el brazo para poder escuchar música durante la actividad, tenía el pelo atado tirante para que no estorbara en mi rostro, estaba totalmente preparada. Vi el cartel del lugar desde la mano de en frente, crucé determinada a ejercitarme como un bajonero a su Burger King, subí las escaleras y largué el: “hola, me vengo a anotar para empezar hoy”. “Dale”, me dice la señora: “¿qué vas a estar haciendo?”. “Y, cola y piernas principalmente... aparatos”, respondí instantáneamente, justo antes de recibir la gran decepción de la tardenoche: “Ah, pero acá no tenemos aparatos”.

Un manto de odio circundó mis ovarios. Por un instante mis muslos se tensionaron. La señora me acercó un papelito con clases extrañas, me habló de pelotas, colchonetas, almohadas… yo solo quería hacer una brochette con sus pezones. Me fui. Caminé unas cuadras, llamé a mi papá y le dije que realmente me había tocado el único gimnasio sin aparatos de la historia del mundo. Se rió. Y en la mitad de su carcajada, divisé otro espacio solidificador.

Con emoción entré, saludé, pedí lista de precios y pregunté si había aparatos. Habrá pensado que soy medio pelotuda el recepcionista, porque su “obvio” tuvo un dejo de daiquiri de conchudez y pena que me hizo sentir no del todo a gusto. Me dio una llavecita por si quería cambiarme. Le dije que así había venido de casa. Hubo un silencio. Dejé mi carterita, agarré la botella de Sprite recargada con agua de baño y saludé a Dany, mi nuevo entrenador, el forro que me dijo que anduviera en esa bici hasta que la rayita dejara de titilar. Hoy voy a tener pesadillas con esos puntitos de mierda iluminándolo todo eternamente… 

Terminé cada uno de mis ejercicios. Al final de la hora le pedí a Dany un aplauso, para mí es importante el reconocimiento. Me miró fijo y prometió que cuando hiciera algo con peso y sin preguntarle constantemente sería el primero en aplaudirme. Ya tengo rutina en una ficha prolijamente completada, cené desde la cama y me duele desde el culo hasta más allá del sol. Las señales son optimistas. Auguro que llegará febrero sin abandono, ¿se animan a apostar?

lunes, octubre 03, 2011

S.O.S. Bombachas

Nunca invertí lo necesario en ropa interior. Me doy cuenta ahora, a los 25 años, que lavo las bombachas en la ducha, no por vergüenza de llevarlas al lavadero, sino porque no tengo para ponerme al día siguiente.

Ahora bien: Necesito comprarme una bombacha, pero no quiero el corpiño.
Y si tengo que comprar un conjunto, tampoco quiero gastar más de cien pesos.
La bombacha sola me sale 35 mangos… me dicen que si quiero una por menos que vaya a la feria.

Pero si la llevo con corpiño aplica la promoción, me jura la vendedora, mientras sostiene un conjunto que supera tres billetes de 50 juntos.

Necesito una bombacha hoy, no tengo ferias de barrio cerca y quiero que vuelvan las ofertas de tres tangas por diez pesos, pero en todos los locales del mundo.

Me dicen que me fije las promos, que hay para “todo tipo de bombachas”, a saber:
  • La vedetina: Es la que usan las chicas bien. No se te mete tanto en el orto y los costados te ayudan a tapar los rollos. Una por 15, tres por 40.
  • La tanga: Tiene como objetivo meterse entre tus carnes y mientras más finita sea a los costados, mejor. A las que nos gusta este tipo de bombachas nos justificamos diciendo que las usamos para que no se marquen en la ropa. Una por 18, tres por 45.
  • El culotte: Definitivamente es para las que tienen la cola dura. En cachetes anales flácidos, lo único que logra es la deformación total de la parte. Ni averiguo precios. Necesito seguir teniendo sexo unos años más.
  • Las bombachas de vieja: Esas de tela brillante con encajes adelante y mini moñito, suelen ser color caqui y altas hasta arriba del pupo. No están en oferta, solo esperan al acecho, en la oscuridad de una esquina debajo de los camisones con mangas.

Me decido por las tangas y son talle único. Seguro me deforman o tengo que hacerles un tajito a los costados, como a las medibachas, y después se terminan abriendo hasta abajo. Es comprar para arruinar.

Siento mis objetivos nublados… yo ya me imaginaba toda divina estrenando una bombacha esta noche, saliendo del baño tapándome las lolas con las manos y haciendo gala de mi nueva tanga frente a mi propio novio. Y no. La nueva imagen que tengo de mí misma en ese momento incluye también un deshabillé para tapar los rollos que me hace esta bombacha hija de puta solo porque el creador de la misma no contempló que el talle único no generaliza la cadera del común de las mujeres.

La vendedora ahora me dice que las bombachas que vienen con el corpiño tienen distintos talles que van del 1 al 4. Para las de vieja se suma el talle 5, que es como una carpa scout para 12 personas, con moños.

Pienso mientras sigo revolviendo las ofertas de bombachas huérfanas de partes de arriba. La mayoría de las tangas baratas tienen inscripciones del estilo “Matame potro”.  Me quejo en voz alta y me preguntan qué esperaba de una bombacha a 18 pesos. No respondo.  En mi mundo deberían regalarse.

Me llevo el conjunto de 119 pesos sabiendo que nunca usaré ese corpiño.

Mi próxima mudanza solo contemplará una cosa: estar cerca de una feria.


Columna original publicada en MAVIROCK Revista

sábado, mayo 21, 2011

Es mutuo

Odio a mi gato. Que me haya cagado toda la casa ayuda a que pueda confesarlo sin culpa materna. Me había ido dejándolo con su alimento abundante y doble ración de agua. Sabía que iba a ser una ausencia de cerca de 37 horas. Irme de casa implica que Fran es dueño absoluto de mis dos ambientes. Tira de los estantes todo lo acomodado, mutila la colección de entradas que guardo bajo una alcancía, come las puntas de cada libro de la biblioteca y hace un montón de ropa con mis prendas para poder echarse. Al lado de su cuna, claro. Porque tiene una cuna. Y un sapo-cama aparte por si le pinta dormir fuera del living, pero no: usa mi ropa.

Toma agua de la pileta del baño como si los 18 pesos gastados en su bebedero fueran totalmente inútiles. Como un reo. Chupa de la canilla con lengüetazos, deja sus huellas marcadas en mugre negra en toda la cerámica. Se lava las patas y se peina ahí mismo, por un par de centímetros no llega a mirarse en el espejo. Todo lo que hace es con saña. Y esta vez no iba a ser la excepción.

Mientras subía la escalera para llegar a mi 2º C sentí un olor extraño y asumí que alguien había sacado la basura minutos antes que yo entrara al edificio. Eran cerca de las 10 de la noche cuando abrí la puerta, prendí el ventilador y una bocanada de tragedia se adueñó de mis papilas gustativas.

Encendí la luz y ahí estaba Fran, vivo sobre su sillón, lo que evidenciaba que no se trataba de su cuerpo descompuesto el olor que estaba infestando el entorno. Corrí la vista hacia el centro de living y vi las dos primeras bostas. La primera estaba casi seca, frente a la computadora, otra en el medio de todo, bajo el ventilador que esparcía su reciente tibieza. Sin querer descubrí dos montañas más, color marrón clarito clarito, de consistencia blanda y sosa, a los costados del escritorio y la mesa de la tele. Fran seguía mirándome desde el sillón donde reposa en horas de siesta, inalterable.

Pasé a mi cuarto a sacarme los zapatos y nunca pensé que lo peor no había sido visto todavía. Lo primero que noté fue el sorete-waffle sobre mi acolchado verde. Las palabras no me salían de la boca, solo recuerdo que sentía los ojos como fuera de órbita, desprendidos hacia adelante. Fran seguía retorcido de fiaca en el sillón. Agarré la manta con una mano y la doblé en cuantas partes fueron necesarias hasta dejar de ver la mancha acuosa. Y en ese instante el centro de la cama quedó expuesto, cubierto por dos lagunas de mierda marrón oscuras, adheridas absolutamente al cubrecama, sábana y colchón.

Todavía en shock, saqué la sábana. Chorreaba. La exilié de la habitación y la puse en una doble bolsa junto al cubre cama. Volví al cuarto. Fran decidió levantarse de la siesta y romper la bolsa donde había guardado la sábana cagada con su mierda. Solo hizo falta una mirada para que entendiera que estaba a dos microsegundos de ser cocinado al vapor y luego feteado con dos hojas de afeitar para ser el primer vittel tonné naranja del mundo.

Reconozco que no utilicé el máximo de mi potencial de odio hasta tanto no vi que también había cagado MI almohada. La mía. Tengo 4. Dos son nuevas, negras y blancas. Otra está sin usar prácticamente, solo la toco para abrazarla en invierno si me da flojera levantarme a buscar una manta. Y cagó la mía, la que uso cada noche. Una bosta exactamente en el medio, donde está el molde de mi cabeza.

Di vuelta el colchón, compré sábanas nuevas y lavé la almohada a mano en la terraza. De noche, para que nadie me viera. Las sábanas del horror siguen en la bolsa, hechas un bollo. Es que en casa no tengo lavarropas y realmente me da vergüenza llevar al lavadero un juego de mantas totalmente cagadas y no decirle una palabra a la señora que las recibe. Mínimo debería advertirle que esa bolsa contiene residuos olorosos de un gatito vengativo… ¿pero quién me creería que sí, que fue el gato naranja de botitas y no yo quién cagó las sábanas? Y a partir de esa tarde (los chismes son eficientes) el barrio me reconocería como “la loca de la diarrea”. Y no, no estoy dispuesta a asumir ese papelón por culpa de un gato que con menos de un año supera mis tácticas de venganza por varios cuerpos de distancia. Reafirmo que lo detesto, que si no supiera lo mal que huele su estómago estaría mutándolo a mollejas con un tramontina robado, pero no cabe en mí la duda, ni por un instante lo cuestiono, quizá por eso me permito aborrecerlo… El odio que yo siento no es tan solo mío, es mutuo.

martes, marzo 08, 2011

Una gota

Tenía 12 años y estaba pasando el jueves en lo de mis abuelos Nani y Nono cuando me indispuse por primera vez. En la tele estaban pasando “Hombre de Mar” con Gabriel Corrado. Me encantaba su barba, su pinta de indigente y esa onda portuaria que tenía el programa.

Todas las tardes que dormía en su casa, mi abuela me daba de merendar dos sándwiches de tomate con mayonesa en pan francés, pero con la cáscara quitada a cuchillo, por lo cual lo que terminaba merendando eran dos pedazos de miga mágicamente embebidos en mayonesa y jugo de tomate fresco. Pensé que el dolor de panza era una incipiente necesidad de hacer lugar para la cena, pero rápidamente descubrí que la molestia era más abajo del pupo, más a la derecha. Me hice bolita para intentar eyectar al apéndice, pero pronto me encontré en el baño.

Estaba color amarilla, tenía ojeras y me sentía como una bolsa de agua caliente. Me senté en el inodoro y trabé con llave desde adentro. De pronto una contracción y di a luz a la primera gota de mi indisposición original. Ahora puedo diferenciar esa gota de una hemorragia y establecer un paralelismo entre los más de cien meses siguientes, pero en ese instante me espanté e hice un chequeo sobre mis últimas comidas: ¿Qué podría estar detonando el sangramiento interno? No había Google para buscar los síntomas y determinar la causa.

Encontré una bolsa de algodón, saqué un sustancial pedazo y lo puse sobre la bombacha. Aterrorizada, bajé las escaleras que me separaban de mi Nani, lista para cenar por última vez. Entonces sonó el teléfono, era mi madre que llamaba a ver cómo estaba. Nunca imaginó que en su breve ausencia, la nena sangraría como una sopa de remolacha. “Mel, te hiciste señorita”, dijo mamá frente a mi llanto. Mi Nani festejó y me abrazó. A mí me seguía doliendo considerablemente la panza.

Pocos segundos pasaron hasta que mi abuelo dejó de verme como una adorable criatura para comentar qué tanto me crecerían las tetas ahora que ya era mujercita. Los juguetes fueron reemplazados por una bolsa de protectores con alas. Al principio se las cortaba hasta que una mancha en el pantalón me hizo revalorizarlas. Mi Nani me dijo que el dolor se pasaría si me abrigaba. Esa noche de octubre dormí con pijama, doble bombacha y frazada. El viernes fui al colegio en equipo de gimnasia azul, no fuera cosa de terminar manchando el banquito ante el desconocimiento de los demás doceañeros no menstruantes.

Desde ese año comencé a usar delineador y me depilé las cejas por primera vez. Muté de bombacha a tanga y me regalaron mi primera bikini. Empecé a tardar más de 8 minutos en prepararme para salir, eliminé la camiseta de Boca del podio de prenda obligatoria bajo cualquier vestuario, lloré con letras de los Backstreet Boys y fui feliz con mi primer vestido. No tengo más que agradecerle a esa bendita gota por haber ayudado a la definición de mi género. Feliz día para todas. Revaloricemos el sangrado.

domingo, febrero 27, 2011

Fichas al sol

Sonó el interno de mi oficina, era mi amiga MM: “Hay descuento del 50 por ciento en cama solar en el shopping, vamos”. Mi pobreza sirvió de excusa hasta que se ofreció a pagarme y afirmó: “Estás verde, Melisa. No te van a hacer mal unos minutitos”. Ante tamaña verdad, solo tomé mi cartera y la seguí.

No había demora, pero para hacer valer el 50 por ciento del descuento había que presentar fotocopia de la credencial de la empresa, así que subimos, bajamos, volvimos a subir, se me rompió la sandalia en el ínterin, la pegué con cinta adhesiva mientras esperaba las copias y avanzamos nuevamente hacia la iluminación dérmica fantástica.

MM tomó una sesión de 15 minutos, yo me conformé con la de 9. Arrancó ella mientras a mí me indicaron dónde esperar. Relojeaba las revistas de 2001 cuando noté que la luz del lugar hacía notar mucho más los pelos de mis piernas. Odio esperar que crezcan para quitarlos con cera. Nunca lo logro, pero con novio de vacaciones es más fácil cumplir el objetivo sin víctimas fatales y manteniendo la libido en alza.

Al salir, MM me dio su desodorante, me dijo que lo necesitaría. La chica del solarium me extendió sus brazos con una toalla, una vincha, unas antiparritas mínimas y una gomita de pelo negra. También sacó de un bolsillo 3 monedas de fichines y las puso encima de todo. Entró conmigo al cuartito e indicó: “Poné las fichas hasta que el timer marque 9. Apenas se prendan las luces ya podés entrar”.

Ahí estaba yo entonces: en pelotas, con antiparras, vincha, el pelo atado con un firulo, las piernas peludas como el 5 de Atlanta y una especie de turbo que se escuchaba saliendo del termo donde debía meterme paradita.Pensé qué sería de mí si delincuentes ingresaban al solarium. Para este caso en particular me serviría estar sin depilar y así utilizar mis cualidades de puerco espín venenoso frente al tacto no autorizado.

El calor era intenso. Me caían las gotas de las axilas y hacían ruido de quesoderretidoentostadora sobre el piso hirviendo. Las antiparritas me hacían sopapa en los ojos y debía mantenerlos cerrados para que no fueran succionados por el vacío. Me encontré a mi misma ciega y tirando cola hacia la luz para no broncearme incorrectamente o con los cantos arrugados. Me quemé un cachete contra una de las paredes luminosas, abrí un poquito la puerta y recién iban 5 mintuos. Fue entonces cuando se apagó la luz.

Estaba yo colgando de la cama vertical, con las manos enroscadas en las baranditas cuando el mundo se puso negro y un viento huracanado comenzó a soplar encima de mi cabeza. Me imaginé un incendio catastrófico en el solarium y yo saliendo en bolas, piernas y cavado negro, frente a la completa dotación de bomberos de Martínez.También imaginé una invasión zombie ataca bagartos bronceados, de la cual podría haber sobrevivido si no hubiera aceptado esos minutos de inducción solar.

Salí de la cápsula a oscuras, chivada y en pánico. Me rocié un spray acuoso lava partes y me sequé con una toallita, usé el desodorante que me había prestado MM, ordené mis bártulos en unos segundos y noté que el reloj todavía marcaba 3 minutos. “Me cagaron un fichín”, pensé. El viento huracanado continuaba estable y no me dejaba terminar de ordenar el flequillo. Me ardía el cachete del orto quemado y la molestia de mi sandalia rota era ahora por la cinta adhesiva usada para repararla. Quise comprar unas ojotas, pero mi capital solo llegaba a los 14 pesos.

Salí y vi a MM sentada tranquila. “Se me apagó la luz, nos atacan los zombies, se incendia el shopping”, afirmé. Ella agarró mi toalla y se la dio a la chica. “Se me apagó la luz”, repetí, obviando las sugestiones de mi mente. “Claro”, respondió la naranja terrícola del otro lado del mostrador: “Tras los 9 minutos hay 4 de ventilación obligatoria para la máquina”. Deberían incluir una linterna en el kit del bronceado, pensé en sugerirlo si vuelvo de visita.

A MM le ardían los brazos. Mi color verde estaba parejo como antes, solo tenía un rosado en la nariz, claramente por la obligada cercanía con el frente de luces. Le agradecí a mi amiga por la invitación y le pedí el teléfono de Mabel para reservar turno y despelarme. La situación ya no era tolerable al ojo humano. De pasada a la salida me compré un pancho alemán con mayonesa y Sprite a 13.99. dejando en 0 absoluto mi cuenta bancaria. Horas más tarde MM me confesó que había comprado 2 sesiones más para cada una. Las mías se encuentran a la venta desde entonces.

jueves, diciembre 30, 2010

Salú!

En febrero me mudé sola por segunda vez. La primera a los 18, a San Telmo. Después una convivencia de casi 5 años en Once que terminó con unos meses de ahorro en la casa de una tía abuela para finalmente pasar a Olivos a la soledad absoluta. Confieso que fui muy feliz en febrero, se sintió bien la independencia y la certeza que era un logro mío, solo mío esta nueva mudanza.

En abril llegó el gato que me perturba la existencia. Hoy, a 9 meses de ser su madre, no imagino una realidad sin incluirlo. Las mordidas de pie, los arañazos marcados en rodillas y ante brazos, los gritos cuando me voy, el recuerdo de que tengo que castrarlo… se hizo querer este naranja de botitas blancas.

En Julio te llevaste a una de las mujeres más importantes de mi vida y en diciembre al tipo que menos tendría que haberse ido de todos. Como te dije alguna vez entre berrinches, espero que hayas tenido tus motivos y los estés haciendo laburar de guardianes celestes en donde sea que estén. Todavía, si cierro los ojos, los siento acá alrededor mío, más te vale cuidarlos mucho y quererlos como acá todavía lo hacemos.

La gente que siempre estuvo siguió estando. Algunos lazos se intensificaron y otros terminaron de desintegrarse… lógica pura. Me sorprendí frente a mi propio corazón abriéndose de nuevo, latiendo en doble corchea y dándose otra vez la chance de querer. De nuevo la secuencia inalterable de mariposas en la panza, miedo absoluto y entrega.

El Mundial que no fue, la desilusión más grande de todas. ¡Cómo hubiera salvado el año esa bendita Copa! Igual te quiero, Diego, pero me vendiste más humo que los pastizales quemados de la ruta.

Y entre "mariposas y huracanes" como cantan los amigos de MUSE, promediamos estos 12 meses. Un ancla de cosas tristes que de a poco va soltando el fondo del océano y va aprendiendo a flotar, arrastrada por un buque que cada día se pone un poco más fuerte. De a ratos se le ahogan los motores, pero cuenta con remadores de alta calidad que lo ayudan a moverse sin aire.

Este 1 de enero levanto mi copa por todos los que remaron conmigo, por los que ya están acostumbrados a hacerlo y por los que recién se suben al barco. Brindo por todo lo bueno y por no olvidarme de nada. Lo mejor que tiene esta vida es el almacén de recuerdos que llevamos encima todo el tiempo, a disposición de uso exclusivamente nuestra.

Apuesto a un 2011 de cosas que nos llenen, menos remado, más disfrutado. Gracias por pasar por este rincón de lectura. Ha sido un placer compartir desgracias y festejos con todos ustedes del otro lado del monitor.

Feliz fin de año para todos, empédense sin cuidado, no usen pirotecnia porque enloquece a los animalitos y le da laburo a los pobres médicos de guardia que se quedan por las dudas, por si quedan pelotudos prendiendo petardos frente a sus narices. Sabemos que pelotudos sobran, pero al menos ahórrenle laburo y nervios a los que intentan prevenirlos. Sin más para decir… salú’, señoras y señores.

domingo, diciembre 19, 2010

Ups, perdí las llaves

Estaba a una cuadra y media de mi departamento, domingo, 6 de la tarde, después de una noche y medio día lejos de casa cuando me di cuenta que había perdido las llaves. Son difíciles de explicar los pensamientos que se suceden en ese momento sabiendo que la única culpable de la situación fui yo misma. Llevaba una bolsa con los borcegos usados la noche anterior y un bolso de mano rojo a cuadritos, transparente, con un agujero en una de las esquinas inferiores.  Había cuidado no poner la llave cerca del agujerito, recuerdo muy sólidamente haber ubicado el manojo completo encima de un saquito blanco que oficiaba de cubre hueco… pero evidentemente algo salió mal.

El único duplicado que tengo de la llave de la puerta de abajo y la principal del departamento lo guarda mi querido amigo Rodrigo. Varias veces ha tenido que utilizarlas, por ejemplo para verificar que no estuviera muerta después de una tarde de fiebre galopante. Hace unas semanas que mi celular pierde señal en lugares donde normalmente siempre ha tenido. Esta tarde de domingo no iba a ser la excepción. “No hay servicio”, arrojaba un cartelito en la pantalla de mi Nokia 5300 cada vez que presionaba la tecla verde para llamar a mi socorro amistoso.

Caminé con mi bolsa y bolsito por avenida Maipú en busca de un locutorio, dada la inexistencia de teléfonos públicos. Ya eran las 18.15 y todo estaba cerrado. En ese instante comencé a pensar que un cerrajero de emergencia me gatillaría 300 mangos por cagarle la siesta y hacerle romper 2 puertas, después mis vecinos me patearían al gato por la inconveniencia de renovar todas las llaves del edificio de la puerta de abajo. Caminé varias cuadras sin rumbo, esperando que el celular agarrara señal o al menos me cruzara con algún ser vivo que pudiera facilitarme una línea telefónica. Una señora con un niño fueron los primeros. Me dijo que no tenía celular y tampoco conocía cerrajero. Un contacto absolutamente inútil dada las circunstancias. Seguí caminando y un nuevo humano apareció frente a mí. Era un señor pelado de unos 55 años, muy delgado y alto, que estaba a cargo de un estacionamiento. Tenía unos 6 dientes dispuestos a lo largo y ancho de su boca y le sangraba el labio inferior como si se lo hubiera mordido sacando una pielcita.

Repetí mi ritual y le consulté por un locutorio, con mi celular en la mano. Me recomendó un kiosco para cargar crédito, entonces le expliqué que había perdido las llaves, pero tenía un duplicado perdido por el mundo, pero que no tenía señal para llamar al custodio que me lo guardaba y que, considerando la hora y el día, estaba claramente meada por un container de Pinochos practicando pillar por primera vez. Me ofreció un teléfono, pero solo podía llamar a un número fijo. Solo tengo agendado un número no celular y porque su dueña me obligó a hacerlo después de pedírselo 78 veces en una semana. La llamé y le pedí que llamara a mi amigo para verificar que tuviera mi llave Plan B, así festejaba en su espera o comenzaba la búsqueda de un cerrajero oficial. Ante la atenta mirada del señor, corté y me dispuse a esperar la confirmación. “¿Venís de la pileta?”, me preguntó, confirmando que había notado que estaba usando un corpiño de malla debajo de un solerito naranja y blanco a rayitas. Le dije que no, que venía de Caballito, entonces cuestionó qué me había tomado para venir. La charla trivial me estaba fusionando el lóbulo de la oreja al cachete de tan fastidiosa que me ponía, pero le seguí el diálogo hasta que sonó el teléfono. “Atendé”, autorizó. Era Rodrigo. Me dijo que con ésta ya le debía unas cuantas, que creía tener la llave en el trabajo, que no me preocupara que en un ratito me traía el llaverito a la puerta de casa. Le dije que nunca lo había querido tanto (es la primera vez que pierdo la llave de esta casa). Corté y sonreí notoriamente. Le dije gracias al señor, que respondió asegurando que me había dejado usar el teléfono porque era yo “una persona de bien, sino no hubiera aceptado”. Volví a agradecerle, le juré que en la semana le acercaba una docena de facturas. Rodri vino 30 minutos más tarde y esto lo estoy escribiendo desde adentro de mi dos ambientes mientras Fran me chupa la mano. Misión cumplida.